jueves, 28 de mayo de 2015

HUNDIRSE POCO A POCO

Francis Scott Fitzgerald


FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Convertiste tu vida en un derrumbe prematuro.
Y son palabras tuyas estas que ahora cito:
"esta claro que vivir consiste en hundirse poco a poco".

Y un veintiuno de diciembre de 1940,
caíste muerto en el living-room del apartamento
de Sheila Graham, en Hollywood,
el gran favor de aquel infarto que te sacaba de la vida
porque ya no había vida en ti,
mil pedazos, mil cristales dorados,
brillando sobre el suelo.

Dime, ¿la amaste?, dime ¿te amó ella?

¿Dónde está Sheila ahora, y Zelda, dónde?

Tú, que creaste a Jay Gatsby, la criatura más
resplandeciente de la vida
e hiciste -nunca te lo perdonaremos- que ese hombre
enigmático
se enamorara locamente de una mujer llamada Daisy,
la mujer más egoísta de la Historia
y la más bella y la más codiciosa del santo dinero,
de la riqueza y de las fiestas y del champán y de los coches
de lujo
y de las mansiones y de los grandes viajes
a la Riviera francesa, todos nuestros amigos esperándonos
en la playa, con la copa en la mano, en veranos legendarios.

Pero aquí estás ahora, de pie, frente a mí,
como fantasma ilustre de la gran literatura
y por tanto de nuestro escaso saber sobre la vida,
con tus depresiones, con tu alcoholismo, con tu expiación,
con tu mujer, con tu amante, con tu pobreza final, con tu
hija Scottie,
pagando facturas de universidades y de médicos,
y con tu conquista laboriosa, al fin, de la nada y de la muerte.

Y en 1948, Zelda Fitzgerald ardió viva en el incendio
de un Manicomio de Carolina del Norte, donde sobrevivía
como un fantasma más entre los millones de fantasmas
que pueblan este mundo
del que tú ya habías, elocuentemente, desertado.

Tu elegante y envidiable fracaso,
tu ascensión a las nubes cristalinas
del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido
hacia la destrucción,
pero no la destrucción común a muchos hombres,
(porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
-tú lo sabías- se hunden igual).
No la destrucción común -digo- a miles de hombres
y miles de mujeres,
sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
su ceremonia inmemorial,
la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
mandorla calcinada del dolor insoportable.

Duerme, duerme en paz,
hijo del viento último de la tarde áspera,
de los grandes veranos de Long Island
y de sus crepúsculos agudos.

Te beso.

Bésalas tú a ellas tres a cambio de mi beso,
a Sheila,
a Zelda,
a Scottie,
a la oscuridad,
a la enfermedad
y a la inocencia.

Vilas, Manuel, El hundimiento. Madrid: Visor Libros, 2015. 

miércoles, 14 de enero de 2015

EL HAMLET RUSO

Retrato de Vsévolod Mihkailovich Garshin.Iliá Repin. 1884
En 1877 Tolstói publica Anna Karenina, Turguénev, Tierras vírgenes, y Dostoievski, El sueño de un hombre ridículo. Ese mismo año aparece en la revista literaria Anales de la Patria el relato del ucraniano Vsévolod Garshin “Cuatro días”, en el que registra la agonía de un soldado ruso herido en la contienda ruso-turca, que yace abandonado en tierra de nadie durante estas cuatro jornadas junto al cadáver del felaj egipcio al que ha dado muerte. A pesar de su escasa obra –apenas una veintena de historias–, Garshin se consagró como uno de los autores de relato más brillantes en la edad de oro de la literatura rusa, autor de gran popularidad, elogiado entre otros por  Tolstói y Turguénev, que vio en él "todos los signos de un gran talento.”

Debemos a la editorial Contraseña la publicación en el 2010 de una antología de Garshin, La señal y otros relatos, que recupera en la cuidada edición a que nos tiene acostumbrados, nueve magníficos cuentos traducidos por Sara Gutiérrez y prologados por el interesante estudio de José Carlos Mainer. Originariamente fueron apareciendo a lo largo de un decenio en diversas publicaciones petersburguesas, hasta un año antes de la muerte de su autor, que se suicidó cuando contaba treinta y tres años tirándose por el hueco de una escalera.

El trágico destino de este “barin desorientado” –en la expresión de Mainer– le valió ya el apelativo de “Hamlet de nuestro tiempo” por parte de su coétaneo, el poeta P.F. Yabukóvich, y  convertirse en el modelo ensoñador del retrato que de él hizo el pintor ucraniano Iliá Repin, que también inmortalizó sus rasgos en el rostro atormentado del zarevich asesinado por su padre en la famosa obra Iván el Terrible y su hijo (1885).

En una carta a un amigo, Garshin confiesa: “He escrito sinceramente, sin disfrazar nada, y he puesto sobre el papel las cosas que realmente han angustiado mi alma”. Las desgraciadas experiencias familiares, la violencia vivida en la guerra y el fantasma de la locura que lo llevó a varios internamientos psiquiátricos y finalmente al suicido, forman parte de estos cuentos intensos que transitan entre la resignación y la desesperanza y que desvelan una mirada de piedad tolstiana sobre sus desvalidos personajes.

Así, en el inquietante relato “La flor roja” (1883), que dedicó a Turguénev, traslada su vivencia de la reclusión y el sufrimiento psicológico al marco de un siniestro sanatorio mental, donde el protagonista acaba convertido en exhausto cadáver aferrado a la última de las tres amapolas monstruosas en las que florece todo el mal del Universo. El afán redentor del loco y la oxidada máquina burocrática del establecimiento, traslucen una crítica de la historia rusa que una década después,  y también a través de la metáfora de la locura, escenificaría Chejov en su relato, El pabellón número 6. Por cierto, que la belleza de la historia convenció el pasado 2011 a Nevsky Prospects para realizar una exquisita edición del relato con traducción de Patricia Gonzalo de Jesús y sugerentes ilustraciones de Sara Morante. 

Ilustración de Sara Morante para La flor roja. (2011)


También la enajenación y el delirio suicida  serán materia de otro de los cuentos recogidos en esta antología, "La noche" (1880), cuyo desesperado protagonista nos recuerda la pesadilla del  “hombre rídiculo” de Dostoievski, y que –como este– entreverá la salvación en el retorno a la pureza infantil, que en su caso se confunde con la llegada de la muerte.

El antibelicismo militante es expreso en el citado “Cuatro días” y sobre todo en “El cobarde” (1879), pero –como señala acertadamente Mainer– en los protagonistas de Garshin conviven las convicciones pacifistas con una especie de fatal entrega a los ideales colectivos. La guerra no es más que un asesinato masivo, una maquinaria de barbarie a la que se entregan la vida o los propios miembros mutilados, pero ante cuyo llamado estos personajes se dejan arrastrar con  triste resignación a un común destino de dolor, como lo haría el Pierre Bezujov de Guerra y paz, y el propio Garshin cuando se alista como voluntario en una guerra imperialista en la que no cree, y de la que vuelve herido tras la campaña de Bulgaria a fines de 1877. 

En otro de sus relatos de tema militar, “El asistente y el oficial” (1880), la mirada de Garshin se detiene en la  degradante vida cuartelaria que soporta un sirviente, que se hace símbolo así de la gran masa de mujiks sojuzgados bajo el peso de una intolerable injusticia social. También en el vibrante “La señal” (1887), recrea el ambiente de arbitrariedad y miseria que rodea al exsoldado Semión Ivanov, que transformará su destino de humilde peón ferroviario en el de heroico salvador de un convoy a punto de descarrilar.  Las tensiones de la gran Rusia rural y feudalista que se debate entre los intentos del reformismo liberal europeizante y la confianza en los valores tradicionales de la fe y las esencias populares, atraviesan la obra del joven intelectual Garshin como la de otros escritores de su generación, Garin, Korolenko o Chejov. Y harán que en su obra convivan la sátira política –“La verídica historia de la asamblea provincial de Ensk” (1876)– y la crítica implacable a las corruptelas de la estructura social vigente, como en el relato aquí recopilado, “El encuentro” (1879), en el que el acuario construido por Kudriashov es metáfora de una clase dominante envilecida y sin escrúpulos morales. 

Dice Mainer que la obra de Garshin puede entenderse como una rapsodia de los grandes temas que atravesaron la literatura rusa hasta la década de los ochenta. Sus opiniones sobre el arte de la época toman vida en el cuento “Los pintores” (1879), en el que contrapone el modelo de artista complaciente, academicista y de éxito fácil –Riabinin– al rebelde, fracasado y genial pintor de la verdad dolorosa que le rodea –Dedov– pintor realista que, como el mismo Iliá Repin, formaba parte del llamado grupo de los “Itinerantes”. 

La figura de la mujer estará muy presente en la literatura decimonónica rusa, como en la europea, a partir del tema del adulterio –una forma de enfrentamiento a los estrechos límites de la libertad femenina– y la crítica de los valores hipócritas de una sociedad que usa y condena al mismo tiempo a la mujer marcada por un amor ilícito o mercenario. En Garshin, la Nadezhda Nikoláievna del relato “Un suceso” (1878), emparenta con otras prostitutas de  injusto destino: la Sonia Semionova Marmeladova de Crimen y castigo o la Katiusha Máslova de Resurrección, pero a diferencia de estas, esgrime una orgullosa voluntad de autodestrucción que finalmente será puesta a prueba por el sacrificio de un amor puro.

La popularidad y el prestigio de su obra convirtieron a Garshin en un autor muy leído en su país, traducido a numerosos idiomas y superviviente de las purgas que tras la revolución roja se abatieron sobre muchos de sus contemporáneos. Sin embargo, en España –como señala Mainer al rastrear su recepción en nuestro país– algunos de sus relatos de la contienda de 1877-1878 aparecieron inicialmente recogidos en una deficiente traducción de 1903, publicada por Francisco Sempere en Valencia, que –a partir de la fuente francesa– transcribe su apellido como Garchine. La siguiente edición, que convierte en Garchin a nuestro autor, corresponde a la Colección Universal de Calpe (1930), que recoge en un volumen los cuentos "Cobarde", "Cuatro días", "Attalea Princeps" y "Las flores rojas", en este caso con  una traducción directa del ruso.

Hay que agradecer por tanto a esta selecta edición la oportunidad de acercarnos a un clásico tan vigente, que vivió –en su carne y en sus ficciones– las trágicas paradojas y la legendaria tristeza del alma rusa.

Garshin, Vsévolod. La señal y otros relatos. Zaragoza: Contraseña, 2010. Traducción de Sara Gutiérrez. Prólogo de José Carlos Mainer.  

lunes, 9 de junio de 2014

DESPUÉS DE LOS OBJETOS

Imagen: Rodney Smith

Con esa velocidad desciende del cielo la nada:
al ayer, a ninguna parte, al nosotros, bosque mojado.
con tal velocidad que la noche no puede llegar
para todo el mundo al mismo tiempo: alguien la apresura
hacia su sitio, hacia sus propios ojos.

todos recordamos a alguien que llegó así, de alguna parte:
de prisión, del cuarto, de una historia. se sentó y,   
como si fuese una idea frenética, se abandonó a sí mismo.

en un claro desafío, como flores de hielo se abrían los
objetos, aparecían y desaparecían como
Polonia, en el mismo campo quemado, después había que
recogerlos y dejarlos secar en algún sitio donde el aire y las corrientes
hicieran su parte, donde no hubiese depredadores.

allí se van los objetos, a la nada, a una seca y roma ninguna parte.
yo cuando voy a algún sitio suelo apagar la luz  
y pienso que sólo la negrura, tú, ninguna parte, sólo
la oscuridad te prueba.
allí tu tiempo asciende en un
cronómetro lluvioso donde la nada
ejercita por la mañana su irrigación y se dilata y se agota.

allí se calla y concibe una regla bien clara: nada se puede
restar a la nada, la nada sólo se suma a sí misma.
los objetos, que en esencia son piratas, siempre ocupan
lo de alguien, siempre lo desvalijan. a la ventana, a la
noche, al nosotros, bosque
mojado donde, como si no pasara nada, respiran,
reverdeciendo las hojas.

después de los objetos vienen otros objetos.

Pogacar, Marko, La región negra.Granada: Valparaíso Ediciones, 2014. Traducción de Yolanda Castaño y Pau Sanchis Ferrer.
Imagen: Rodney Smith

lunes, 5 de mayo de 2014

UNA ONTOLOGÍA DE LO INEXISTENTE


Ilustración de Dimitris Calokiris
"Como en los números, en los sueños se dan con frecuencia paradojas hidráulicas"
Dimitris Calokiris


Entre el ensayo-ficción, la broma ontológica y el surrealismo metaliterario discurre la colección de veintiocho cuentos que configuran El museo de los números, una muestra de la excepcional prosa del también poeta, ensayista, artista gráfico y traductor Dimitris Calokiris. La cuidada edición que realizó Berenice en el 2007 cuenta además con exquisitas ilustraciones del propio autor y la excepcional traducción de los profesores Vicente Fernández González y Ioanna Nicolaidou.

Si –como se lee alguna de sus páginas– “la felicidad es cuestión de altura”, no cabe duda de que nos movemos aquí en el territorio elevado de la gran literatura, entendida esta como el artefacto capaz de generar un vertiginoso y feliz despliegue de universos únicos. 

Los breves pero intensísimos mundos que recrea Calokiris incluyen legendarias flores de la inmortalidad, iglesias de cuyas paredes se han borrado los santos, perros de gran clarividencia política, longevas progenies chinas, misteriosos peces de un peso específico siempre variable, inventores de la melancolía, gallinas fosforescentes  y pueblos cuyos habitantes multiplican en sus rasgos un idéntico y turbador rostro.

Las referencias mitológicas entrecruzan el Olimpo clásico, la historia judía y el panteón hinduista para urdir la existencia de una araña terrestre que es a la vez ninfa de las espigas y legendaria femme fatale de incontables nombres. Las fantásticas genealogías ligan los destinos de Napoleón, un “memorioso” griego del siglo XVI y los piratas del Mar Amarillo a través del fragante emblema de la violeta. El minúsculo cuento “Vita brevis” engarza en dos palabras la reflexión ontológica y el chiste nihilista. 
Ilustración de Dimitris Calokiris

El juego de falsas erudiciones rinde homenaje a los laberintos de Borges, admirado maestro del que Calokiris también es traductor; y la dispersión de identidades, que afecta en igual medida a narradores y personajes, barajará las leyes del tiempo para confundirlos a todos en una brumosa irrealidad. Puede decirse que los materiales del sueño y la reflexión filológica se condimentan con la ciencia-ficción, la leyenda hagiográfica y la referencia histórica para cocinar un sorprendente festín literario.

Y todo ello salpimentado con un humor que –solo una muestra– convierte el nombre de Cioran en marca de herbicida, define la ley como un registro codificado de imperfecciones administrativas o evoca a Grecia como un “castigo de la Historia”.

La crítica saluda la prosa heterogénea y subversiva de Calokiris como uno de los más acertados ejemplos de narrativa postmoderna. Yo prefiero soñarlo en su original gabinete, dedicado a cartografiar la fabulosa extensión de lo inexistente. Su obra es un tapiz en el que se entretejen delicados mapas:
 “mapas de la trayectoria de la abeja y del pez, mapas de vientos y aguas, apócrifos, misteriosos, virtuales y verticales, y aún mapas psicográficos, comatosos mapas de amor”.

Calokiris, Dimitris. El museo de los números. Córdoba: Berenice, 2007. Traducción de Vicente Fernández González y Ioanna Nicolaidou. 

lunes, 21 de abril de 2014

METAMORFOSIS DEL ÁNGEL

Fotografía de Robert Gilbert



En la noche más calma habita el asco.
Y una navaja extiende su única ala de ángel
desapacible, de odio.
La belleza es un vómito; la vida
se cumple en la justicia de no amarla.

Mas los niños, guardados de la noche,
despertarán felices con el sol.
Contempla, en la ancha calle, esas dos alas
que ahora mueven la luz de la ciudad
Y hacen dichoso el aire.
Vigila el crecimiento: su belleza
lo aísla en turbiedad. Quema el misterio…

Deslumbran, en su espalda, dos navajas.


Brines, Francisco,  Todos los rostros del pasado. (Antología). Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2007.

jueves, 3 de abril de 2014

CUENTOS CON GARRA

El contador de cuentos

Hector Hugh Munro más conocido como Saki fue un maestro incontestable en el manejo del estilete de la ironía. Borges, que recopiló doce de sus mejores cuentos en el número 28 de la colección La biblioteca de Babel, comparó su delicadeza en el tratamiento de la crueldad con el sutil veneno de Oscar Wilde.

Practicó la sátira en el periodismo, el teatro y la novela, pero donde su genio vitriólico destacó más brillantemente fue en los cuentos: Reginald (1904), Reginald en Rusia (1910), Las crónicas de Clovis (1911), Animales y más que animales (1914) y los publicados póstumamente, Juguetes para la paz (1919) y La cuadratura del huevo (1924).

El Contador de cuentos (Ekaré, 2008), publicado inicialmente en Animales y más que animales,es un hermoso libro ilustrado por Alba Marina Rivera que bajo el formato de un inofensivo vagón de tren esconde una de esas historias tan propias del humor de Saki: un viajero, harto de escuchar a unos niños aburridos y el aún más aburrido cuento con que su tía intenta imponer disciplina, acaba embelesándolos con la historia de una niña ejemplar que había ganado varias medallas al buen comportamiento. En un jardín principesco, un lobo premiará también a su particular manera tan modélica existencia. "El cuento empezaba mal –dijo la menor de las niñas–, pero ha tenido un final precioso". Nadie se salva –ni los buenos– puntualiza siempre Saki.

La presencia de los animales,símbolo del salvajismo natural, es destacable en varios de sus cuentos: “La loba”, “Gabriel-Ernest”, “El día de la santa”, “Los lobos de Cernogratz” o “Los intrusos”. Es la zarpa del horror inexorable, agazapada bajo la complaciente y protocolaria realidad, la que asoma en sus páginas. Cuando era muy pequeño, su madre murió embestida por una vaca en un camino rural de Devon. Sufrió en su infancia la custodia de unas estrictas tías victorianas y el corsé de la hipócrita moralidad de su época. Una bala puso fin a su vida en un campo de batalla del Somme mientras le gritaba a un compañero de trinchera que apagara el maldito cigarrillo.

Sin duda Saki conoció de cerca la garra del horror y aprendió a mantener con ella una elegante y siempre divertida esgrima.


Mungo, Hector Hugh (Saki), El contador de cuentos. (1914). Barcelona: Ekaré, 2008. Traducción de Verónica Canales y Juan Gabriel López Guix. Ilustraciones de Alba Marina Rivera.

lunes, 17 de marzo de 2014

NOCTURNO DE CHARLOTTESVILLE

Imagen: Paolo Cirmia


El demorado anochecer de septiembre es un tren de pensamiento, una herida
que no sangra, pasto muerto sin morir,
sin renuevos, sin elegancia,
                                          el demorado anochecer de septiembre,
limpio de adjetivos, máxima abstracción y esplendor.

Se ha dicho que hay un final para la asignación de los nombres.
Se ha dicho que todo lo escrito está vacío.
Se ha dicho que los escorpiones danzan donde el lenguaje fracasa y cede.
Se ha dicho que algo brilla en cada oscuridad,
                                                                  que algo resplandece.

Apoyados contra lo invisible, vencidos asentimos.
El atardecer se asienta sobre las hojas caídas
como alfabeto en el patio de atrás,
                                                    desoladas sílabas
nos interpretan y señalan, apoyados contra lo invisible.
Luminosos son nuestros sueños, fuego arrojado sobre el mundo.
Llega la mañana y todo se va.
                                               La luz del sol ensombrece la tierra.


Wright, Charles, Una breve historia de la sombraPrólogo y traducción de Jeannette L. Clariond. Barcelona: DVD Ediciones, 2009. 

Imagen: Paolo Cirmia